De franja costera de hornos de cal y casas de pescadores a corazón del primer ensanche de la ciudad. Un recorrido por más de un siglo de memoria majorera.
El Charco va unido inseparablemente al pueblo que lo acoge. Las pláticas en la calle, los cuentos de la mar y los rostros curtidos por la salitre todavía rezuman aromas de amistad y familia.
Este recorrido recupera testimonios orales nunca antes impresos, recogidos por el Grupo Comunitario de El Charco, para que no se pierdan «como las lágrimas en la lluvia». Una historia que arranca en el origen agrícola y ganadero de la costa de Tetir y llega hasta la vida comercial de hoy.
En 1790 no había aquí ni una sola habitación. Cuando llegaba un barco a cargar barrilla, los trabajadores armaban una barraca con una vela de barco en aquel desierto para guarecerse del sol.
Poco después se levantaron los primeros almacenes y lonjas —«Las Lojas»— y el almacén de La Laja Negra, propiedad de los Coroneles, grandes terratenientes de la isla.
El plano de 1885 sitúa ya en El Charco hornos de cal y casas de campo. La playa que llamaban de la Carnicería tenía tres manantiales de agua dulce a los que iban a beber los ganados en el reflujo de la marea.
«…una boca de poca longitud, formando a marea llena un charco…»
Wenceslao y Juan Berriel Jordán compran el horno de cal y los terrenos calicheros. Del horno de Don Wenceslao saldrían los grandes bloques de hormigón para el muelle de Sidi Ifni.
Los hornos formaban casi una hilera junto a la costa. La cal viajaba a Tenerife: era la mejor época de una industria que vivió sus años dorados en los cuarenta, cincuenta y sesenta.
La construcción del Cuartel inicia la expansión urbanística de la capital insular. Se derriban Las Lojas y se construyen casas para los inquilinos.
La «Calle Nueva» se nombra Avenida Comandante Díaz Trayter en 1943, marcando el verdadero arranque del barrio.
A partir de 1953 comienzan las viviendas familiares a lo largo de la prolongación de la calle Ruperto González Negrín. La Barriada del Sr. Ruperto y la de Los Pescadores definen el nuevo trazado.
Llegan familias de El Cotillo, Corralejo, la Rosa del Agua… El barrio toma forma.
Ya no hace falta «ir al pueblo»: abren tiendas de comestibles y, en 1960, el «Cine Marga» convierte al barrio en el punto neurálgico del ocio de toda la ciudad.
Son años de patrones, motoristas y dueños de barcos; de carpinteros de ribera como los hermanos Viñas. Desde 1956, Puerto de Cabras es Puerto del Rosario.
Durante más de cien años el agua se almacenaba en aljibes y se traía en buques-aljibe desde Gran Canaria y Lanzarote; los aguadores la repartían casa por casa con sus carros y burros.
En 1970 finaliza el montaje de la Planta Potabilizadora: el agua de mar se vuelve potable. Con la luz llegaron las neveras y las lecturas nocturnas.
Con los primeros años de democracia surgen las asociaciones de vecinos —Virgen del Mar y Las Lojas— y el Club Deportivo Cultural Herbania, mirando al charco.
La Capilla de Nuestra Señora del Mar consolida la procesión del primer domingo de junio, hoy seña de identidad del barrio.
En mejores o peores condiciones, el charco sigue ahí. Contemplar el reflujo del mar, lleno y vacío, en verano con la calma «chicha», sigue siendo un placer.